El jueves 13 del presente
mes, mi salón y yo tuvimos la oportunidad de realizar la primera visita (de
diagnóstico) al CEBE Beatriz Cisneros, colegio que se nos fue asignado como
proyecto de Ciudad de Dios.
Sinceramente, no sabía qué
esperar exactamente, cuando nos dijeron que el colegio era de niños especiales;
sin embargo, ya quería comenzar.
La visita fue de gran ayuda
para nosotros, pudimos percibir y vivenciar todas las carencias del colegio.
Fue una experiencia fuerte. Una realidad que sabía que existía, pero no sabía
qué tan cerca, y qué tan fuerte podía llegar a ser. Mas, lo que me sorprendió
más, no fueron las deplorables condiciones en las que se encontraba el colegio,
su infraestructura, sus utensilios, falta de ventilador, baños en desfavorables
condiciones, y mucho más; lo que de verdad me dejó una gran lección, fue ver
con mis propios ojos, la alegría que aquellos niños irradiaban. Ellos no
paraban de sonreír, nos recibieron de la mejor manera que pudieron, y sin
importar que fueran solo cuatro, cada
uno nos enseñó algo distinto.
Como bien mencioné antes, después de llegar al
CEBE Beatriz Cisneros, dado que éramos muchos estudiantes para cuatro niños,
nos dividimos en grupos, así podíamos rotar, y conocer el colegio, conversar
con una de las profesoras, el profesor de Educación Física, y luego interactuar
directamente con los niños.
Personalmente, conocí mejor
a Lucerito, la única chica que estaba presente, y que según me dijo la
directora, sufre retardo cerebral. Cuando Lucerito nos miró, nos hizo una seña
con el brazo para que nos acercáramos, luego nos abrazó a manera de juntarnos
en un círculo, siempre sonriendo, y nos dijo: chicas, chicas, y nosotras
respondimos: ¿qué cosaaa? Y ella: ¡NO SABEEN! Y nosotras: ¿queee? Y ella: ay,
(suspiraba), dicha secuencia se repitió más de 8 veces, pero ella se mostraba
tan alegre, que solo nos reíamos, no me cansé en ningún momento de escucharla,
verla reír y decirnos hacia dónde caminar.
El momento de la despedida
fue, aunque no sea tan fácil de creer, melancólica. El tiempo había pasado muy
rápido. Nos despedimos de todos y agradecimos; sin embargo, mientras me
despedía de Lucerito, pude notar en su muñeca una pulsera, y le pregunté si le
agradaban, me dijo que sí. A raíz de ello, me propuse llevarle una pulsera hecha
a mano, la próxima vez que vayamos, y que ojalá tengamos la oportunidad y
bendición de encontrarnos con ella nuevamente.
Durante el trayecto de
regreso al colegio, todos intercambiamos ideas acerca de nuestras propias
experiencias, qué opinábamos, y discutimos también cuáles serían las
actividades que realizaríamos para la recaudación de fondos con el fin de
ayudar en algún aspecto al CEBE Beatriz Cisneros.
Mas, aclaramos que debíamos
recordar que la interacción y el servicio para con los chicos, era lo
primordial, y podemos además de aquello, colaborar de una forma no muy exuberante,
a sus carencias, ya que siendo sinceros, temas como la infraestructura y
construcciones, escapan de nuestras manos.
Siento que esencialmente me
comuniqué con asertividad, y cuando hicimos la oración inicial y final,
cumplimos con el sentir con la Iglesia; cabe resaltar que los chicos sabían
cómo orar, respetaban el espacio de oración.
Son tantos los momentos en
que nosotros, encerrados en nuestra burbuja, ignoramos todo lo que puede pasar
a menos de dos metros fuera de nuestro colegio, nuestro condominio, etc. Cuando
creemos que no tenemos salida, cuando solo por el hecho de no tener permiso
para salir con nuestros amigos, o que no nos concedan algún capricho, lloramos,
y hasta podemos llegar a decir que nos deprimimos. Sin embargo, con lo
aprendido en esta ocasión, aprendí que hay VERDADERAS razones por las cuales
llorar, por las cuales deprimirse seriamente. Tenemos a las justas 16 años y
creemos que hemos vivido.
Dios nunca manda pruebas más
fuertes de las que podamos, con su ayuda, superar. Lucerito, y los demás niños,
pueden tener incapacidad para realizar algunas tareas en comparación a
nosotros, pero Dios, los eligió, con una misión. Eligió a sus papás, y a cada
una de las personas a las que ellos, con su felicidad y su increíble
superación, enseñarían sobremanera.
Esta experiencia ha
trascendido en mí, cuento los días para poder volver a ir, poder sentir esa
alegría al compartir aquellos valiosos momentos con Lucerito, y con los demás
chicos que conozca. Por dedicarles mi tiempo, mi sonrisa, y poder llevarles un
poco de amor y alegría.
En fin, fue una tarde muy
provechosa, me llevé grandes lecciones de aquellos chicos, y en especial de Lucerito,
aprendí que más allá de las condiciones en las que vivas, las carencias que
tengas, siempre habrá más razones para sonreír.




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