Son muchas las ocasiones en las cuales he
llegado a mi casa con increíbles ganas de almorzar; sin embargo cuando mi mamá
me decía qué habían cocinado, no me gustaba. Esta situación se repetía al menos
dos veces por semana.
El sábado 20 de setiembre, los niños de
Llanavilla fueron invitados al colegio para ser parte de actividades
recreativas por parte de los profesores de Cultura Física, Educación Inicial y
Primaria y voluntarios de Ciudad de Dios de la sección de 5 A.
Lo previamente acordado era arribar al
colegio a las 8:00 am para organizar todo y esperar la llegada de los niños.
Desafortunadamente no pude llegar a esa hora debido a que el transporte que
solicité demoró alrededor de una hora en llegar a mi casa. En el momento en que
llegué, ambos buses estaban ingresando por la puerta del nuevo estacionamiento
con los niños adentro. Demoré unos minutos en reaccionar debido a la vergüenza de haber llegado tan tarde; mas,
luego me alcanzaron un chaleco de voluntaria de Ciudad de Dios y comencé a
ayudar a mis compañeros a organizar a los niños recién llegados. Me incluyeron
en el equipo de logística. Dirigimos a los niños al pabellón de inicial, y una
vez sentados, los distribuimos por grados para así comenzar el circuito. Pero, antes de comenzarlo, se me acercaron
varias niñas y entre jalones suaves a mi ropa y tocadas de brazo me pidieron
llevarlas al baño pues no podían más
aguantar. Las tomé de la mano y fuimos
corriendo y riendo abriéndonos paso entre las personas que habían. Encontrar el
baño tomó un par de minutos puesto que no conozco cada área de ese pabellón,
pero finalmente la miss nos indicó que se encontraba en el segundo piso en el
aula de sicomotriz. Luego de ellas, fueron llegando muchas niñas más con
necesidad de usar los servicios higiénicos, mientras entraban, les decía:
¡Rápido pequeñas! La clase ya va a comenzar, entren y luego se lavan bien las
manos, no se olviden. Eran muy tiernas, sólo bastaba observarlas un segundo
para darse cuenta. Algo que también me agradó y en cierta medida sorprendió, es
que en todo momento se dirigían a mí como “señorita” o “miss”, por alguna razón
me hacía sentir bien. La clase comenzó y cantamos: “Cómo están amigos, cómo
están, este es un saludo de amistad […]” para animarlos un poco. Siempre había
al menos uno que no tenía ganas de participar, e intentábamos animarlo.
Una de las otras cosas que me dejó una increíble
enseñanza fue que habiendo pasado tan
solo diez minutos de comenzada la clase, una niña se me acercó, me miró a los
ojos y al captar mi atención dijo: “Señorita, tengo hambre”. La expresión tan
profunda en su cara, comparada a la reacción que yo supuestamente tenía, de
“morir de hambre”, eran distanciadas por miles de kilómetros. En aquel momento
entendí, yo no sabía qué era estar realmente de hambre, mucho menos “morir de
hambre”. Conforme pasaban los minutos el
número de niños que se me acercaba a decir lo mismo, aumentaba; y yo no hallaba
qué respuesta darles además de: “¿Tranquila, si? En un momento comeremos,
disfruta la clase-acompañado de una sonrisa. Hubo algunos que no se resistieron
y comieron la lonchera que les habían mandado, pero no a todos les habían
mandado algo que comer.
Llegado el momento de compartir,
repartimos equitativamente los alimentos preparados, entre ellos, petit panes
de pollo, así como también de jamón y queso y galletas de vainilla. Como era de
esperarse, con un petit pan, no saciábamos el hambre que cargaban aquellos
pequeños tan inocentes. En el apuro de esa mañana no me di el tiempo de
desayunar- y aunque pude comer alguna galleta que había en mi casa, no quise
comerla porque quería otra más rica- por lo que cuando en medio de la
repartición me ofrecieron una galleta partida, lo primero que quería era
comerla en un santiamén, pero en cuestión de segundos, unos pequeños me vieron
y no hizo falta que me lo pidieran, les di aquel pedazo de galleta. Otro suceso
que impactó en mí, fue que en cierto momento una pequeña se me acercó y sin
decir una sola palabra me abrazó fuerte, de una manera pura, amorosa y angelical.
Aquel abrazo fue tan distinto a los que puedo recibir en el día a día, ese
abrazo fue especial y único. Seguido a ella , se me acercaron un par de niños
más para abrazarme, y yo abrazarlos a ellos. Necesitaban tanto amor. Decir que
fueron como cachetadas para mí -en sentido metafórico- no alcanzaría para
describir cómo me sentí. Tantos momentos en que rechacé abrazos de mi familia,
de mi hermana, mis papás, o cuántos abrazos pudo alguien necesitar y que yo no
noté que necesitaba.
Y continúo preguntándome, cómo es que
unos niños tan pequeños, me refiero a edad, pudieron enseñarme tantísimas
lecciones en menos de cuatro horas.
Conocerse, aceptarse y superarse.
Esta experiencia me ayudó a reaccionar,
ya que en mi vida no había estado valorando todo aquello que Dios me regala,
todo aquello con lo que soy bendecida y tuvo que pasar que viera realidades
realmente difíciles, para reflexionarlo.
Sentir con la Iglesia.
Tanto al inicio como al fin de la visita,
hicimos una oración con los niños para ofrecer el trabajo del día. Durante la
oración, algunos no entendían o no sabían la posición de las manos y yo iba
indicándoles feliz.
Trabajar en comunidad.
Con la comunidad de mi salón trabajamos
para que la actividad se desarrollara de la mejor forma, con entusiasmo y
entrega.
Buscar la Verdad y actuar con coherencia.
Mi oración, debía ser fuerte para poder
yo enseñarles en la medida de lo posible a los niños a rezar; así también ser
coherente con mis acciones, por lo que a
raíz de aquella experiencia cambié mi manera de valorar los alimentos que me
ofrecen en casa así como en cada lugar al que vaya, considerando que eso que
puedo rechazar, es anhelado por otra persona que, a diferencia de mí, realmente
lo necesita.





