Tengo una oración en la cabecera de mi cama que es: “Señor,
ayúdame a recordar que nada va a sucederme hoy que Tú y yo juntos no podamos
resolver”.
El sábado 19 de julio,
tocó en el esquema de Catequesis de Confirmación una salida comunitaria.
El destino fue San Jerónimo de Surco. Siendo sincera estaba emocionada por
compartir una mañana entera con la comunidad de la catequesis; pero en
especial, con mi comunidad. Hasta hace algunos meses, si me preguntaban acerca
de la idea de ser catequista, mi respuesta era “no”. No estoy segura si se
debía a que no me interesaba, o que consideraba que no tenía la capacidad
suficiente, o que no me harían caso. Ese día, durante el camino los catecúmenos
iban conversando, jugando con algún Nintendo, con audífonos, leyendo o
durmiendo, mientras yo meditaba acerca de cómo había llegado a esa situación,
que jamás consideré posible. Como es habitual, preguntaban a qué hora íbamos a
llegar, qué comeríamos y cómo nos divertiríamos; pero esa salida comunitaria
tenía un propósito mucho más profundo del que se imaginaban.
Cuando finalmente llegamos, las indicaciones eran permanecer
en comunidades durante todo el trayecto; sin embargo desde un inicio dos de mis
catecúmenos se dispersaron sin esperar a toda la comunidad. A medida que
avanzábamos, los llamaba para que regresaran pero era en vano. Y lo que oía de
los que estaban conmigo eran quejas, del polvo, del hambre que tenían, de su aburrimiento; pero no se detenían a
reflexionar, a salir de su mundo y observar la naturaleza, el momento que
estábamos compartiendo, a dejar de pensar en sí mismos. Pedía a cada momento
paciencia a Dios, y ayuda en este proceso; pero casi al finalizar el recorrido,
cuando estábamos de regreso, la comunidad se dispersó totalmente. Yo me quedé
con tres chicos, otros se habían quedado tomándose fotos, los dos que desde un
comienzo se separaron ya habían llegado al bus, todo era un desorden. En mi
propósito de reunir a la comunidad para culminar el trayecto juntos, tropecé y
me caí. Alberto, un miembro de mi comunidad, me ayudó a levantarme, felizmente
no fue tan grave. Queríamos avanzar de manera más veloz para alcanzar a los
demás, cuando Alberto tropezó también.
Ese fue el punto de quiebre. Mi paciencia estaba a 1%. Cuando
encontramos a los cuatro que estaban delante de nosotros, solamente los miré,
no quería gritarles, y les dije que no esperasen otra sonrisa mía, que sería
bueno que de vez en cuando pudieran preocuparse por los demás, ya que su
hermano de comunidad se había caído y ellos no estuvieron para levantarlo. Me
sorprendí de sus reacciones pues pareció haberles afectado, se quedaron todos
mudos. Faltando unos metros para llegar al punto de encuentro, Adriana, otra
catecúmena de la comunidad, me llamó y me pidió que me detuviera. En el período
de tiempo que solo habíamos caminado, sin decir palabra alguna, había estado
reflexionando acerca de lo ocurrido, me hubiera gustado expresar de otra manera
mi pensar, pero sentí que no lo tomaban en serio. De pronto todos se me
acercaron y uno de ellos, Sergio, me pidió disculpas a nombre de toda la
comunidad, seguido a él, Dyana, Ximena y Adriana lo hicieron también. Recuerdo
que dijeron: “te queremos fio, perdónanos. Prometemos mejorar nuestra actitud,
pero ya no estés así con nosotros”. Acto seguido todos me abrazaron y sentí
realmente que el hecho de levantarme cada sábado a las 6 am, mientras la gran
mayoría duerme, ir y que muchas veces no me escuchen, no tenía punto de
comparación con aquel momento, aquel amor que experimenté. Jamás olvidaré ese
día. Ahora estoy completamente segura que Dios, desde su inmensidad y Gloria, puso a esas once personas en mi camino, y el
querer compartirles al menos una pizca del grandioso amor de Dios, es más que
suficiente para que valga la pena. El camino no será fácil, pero Él mismo dijo,
a quien más se le confíe, así también se le pedirá y mayor será su recompensa en
el Reino de los Cielos.
Relación con
objetivos de Ciudad de Dios:
Busca la Verdad y actúa con coherencia:
Debido a que todos dejamos de pensar en uno mismo, para
seguir el ejemplo de Jesús, tomar decisiones coherentes a lo que muchas veces
expresamos.
Trabajar en comunidad:
Durante todo el recorrido, tal vez no enteramente, pero se
buscaba el trabajo comunitario, y al final, se logró con éxito.
Sentir con la Iglesia:
Pues Dios fue mi sustento, mi apoyo, quien puso las palabras
en mi boca, para guiar a mis catecúmenos. Para aprender de ellos.
Se compromete y esfuerza:
Desde que acepté ser catequista, sabía que sería un reto
para mí pero cada día aprendo más, cada día voy con más disposición y no me
cansaré, pues la meta es el Cielo.


