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viernes, 26 de septiembre de 2014

Tantas lecciones, en tan poco tiempo.

Son muchas las ocasiones en las cuales he llegado a mi casa con increíbles ganas de almorzar; sin embargo cuando mi mamá me decía qué habían cocinado, no me gustaba. Esta situación se repetía al menos dos veces por semana.

El sábado 20 de setiembre, los niños de Llanavilla fueron invitados al colegio para ser parte de actividades recreativas por parte de los profesores de Cultura Física, Educación Inicial y Primaria y voluntarios de Ciudad de Dios de la sección de 5 A.
Lo previamente acordado era arribar al colegio a las 8:00 am para organizar todo y esperar la llegada de los niños. Desafortunadamente no pude llegar a esa hora debido a que el transporte que solicité demoró alrededor de una hora en llegar a mi casa. En el momento en que llegué, ambos buses estaban ingresando por la puerta del nuevo estacionamiento con los niños adentro. Demoré unos minutos en reaccionar debido a  la vergüenza de haber llegado tan tarde; mas, luego me alcanzaron un chaleco de voluntaria de Ciudad de Dios y comencé a ayudar a mis compañeros a organizar a los niños recién llegados. Me incluyeron en el equipo de logística. Dirigimos a los niños al pabellón de inicial, y una vez sentados, los distribuimos por grados para así comenzar el circuito.  Pero, antes de comenzarlo, se me acercaron varias niñas y entre jalones suaves a mi ropa y tocadas de brazo me pidieron llevarlas al baño  pues no podían más aguantar.  Las tomé de la mano y fuimos corriendo y riendo abriéndonos paso entre las personas que habían. Encontrar el baño tomó un par de minutos puesto que no conozco cada área de ese pabellón, pero finalmente la miss nos indicó que se encontraba en el segundo piso en el aula de sicomotriz. Luego de ellas, fueron llegando muchas niñas más con necesidad de usar los servicios higiénicos, mientras entraban, les decía: ¡Rápido pequeñas! La clase ya va a comenzar, entren y luego se lavan bien las manos, no se olviden. Eran muy tiernas, sólo bastaba observarlas un segundo para darse cuenta. Algo que también me agradó y en cierta medida sorprendió, es que en todo momento se dirigían a mí como “señorita” o “miss”, por alguna razón me hacía sentir bien. La clase comenzó y cantamos: “Cómo están amigos, cómo están, este es un saludo de amistad […]” para animarlos un poco. Siempre había al menos uno que no tenía ganas de participar, e intentábamos animarlo.
Una de las otras cosas que me dejó una increíble enseñanza   fue que habiendo pasado tan solo diez minutos de comenzada la clase, una niña se me acercó, me miró a los ojos y al captar mi atención dijo: “Señorita, tengo hambre”. La expresión tan profunda en su cara, comparada a la reacción que yo supuestamente tenía, de “morir de hambre”, eran distanciadas por miles de kilómetros. En aquel momento entendí, yo no sabía qué era estar realmente de hambre, mucho menos “morir de hambre”.  Conforme pasaban los minutos el número de niños que se me acercaba a decir lo mismo, aumentaba; y yo no hallaba qué respuesta darles además de: “¿Tranquila, si? En un momento comeremos, disfruta la clase-acompañado de una sonrisa. Hubo algunos que no se resistieron y comieron la lonchera que les habían mandado, pero no a todos les habían mandado algo que comer.
Llegado el momento de compartir, repartimos equitativamente los alimentos preparados, entre ellos, petit panes de pollo, así como también de jamón y queso y galletas de vainilla. Como era de esperarse, con un petit pan, no saciábamos el hambre que cargaban aquellos pequeños tan inocentes. En el apuro de esa mañana no me di el tiempo de desayunar- y aunque pude comer alguna galleta que había en mi casa, no quise comerla porque quería otra más rica- por lo que cuando en medio de la repartición me ofrecieron una galleta partida, lo primero que quería era comerla en un santiamén, pero en cuestión de segundos, unos pequeños me vieron y no hizo falta que me lo pidieran, les di aquel pedazo de galleta. Otro suceso que impactó en mí, fue que en cierto momento una pequeña se me acercó y sin decir una sola palabra me abrazó fuerte, de una manera pura, amorosa y angelical. Aquel abrazo fue tan distinto a los que puedo recibir en el día a día, ese abrazo fue especial y único. Seguido a ella , se me acercaron un par de niños más para abrazarme, y yo abrazarlos a ellos. Necesitaban tanto amor. Decir que fueron como cachetadas para mí -en sentido metafórico- no alcanzaría para describir cómo me sentí. Tantos momentos en que rechacé abrazos de mi familia, de mi hermana, mis papás, o cuántos abrazos pudo alguien necesitar y que yo no noté que necesitaba.
Y continúo preguntándome, cómo es que unos niños tan pequeños, me refiero a edad, pudieron enseñarme tantísimas lecciones en menos de cuatro horas. 

Conocerse, aceptarse y superarse.
Esta experiencia me ayudó a reaccionar, ya que en mi vida no había estado valorando todo aquello que Dios me regala, todo aquello con lo que soy bendecida y tuvo que pasar que viera realidades realmente difíciles, para reflexionarlo.

Sentir con la Iglesia.
Tanto al inicio como al fin de la visita, hicimos una oración con los niños para ofrecer el trabajo del día. Durante la oración, algunos no entendían o no sabían la posición de las manos y yo iba indicándoles feliz.

Trabajar en comunidad.
Con la comunidad de mi salón trabajamos para que la actividad se desarrollara de la mejor forma, con entusiasmo y entrega.

Buscar la Verdad y actuar con coherencia.

Mi oración, debía ser fuerte para poder yo enseñarles en la medida de lo posible a los niños a rezar; así también ser coherente con mis acciones,  por lo que a raíz de aquella experiencia cambié mi manera de valorar los alimentos que me ofrecen en casa así como en cada lugar al que vaya, considerando que eso que puedo rechazar, es anhelado por otra persona que, a diferencia de mí, realmente lo necesita.



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