Muchos piden ayuda; pero pocos son capaces de ayudar.
La semana antepasada en tutoría, con mis compañeros Sergio y
Valeria realizamos una pequeña actividad en el salón. Consistía en que la mitad
se vendarían con su chompa, y el resto simularía estar cojo.
Yo trabajé con el grupo que estaba vendado y fue bastante interesante.
Casi instantáneamente al indicarles que caminen, como tenían miedo de golpearse
con algo quisieron unirse con alguien y comenzaron a decirse: ¡ayúdame! Pero yo
les dije que no podían ayudarse, y ellos se sorprendieron; incluso uno se
golpeó con una puerta y se quitó la venda.
Cuando entramos al salón, quisimos saber si alguno
identificaba el propósito de la actividad. Era pues que es muy sencillo pedir
una mano de ayuda cuando se tiene alguna discapacidad, ya sea de vista, no
poder caminar con ambos pies o algo más psicológico. Sin embargo les pregunté:
¿cuántas veces ustedes han ayudado a alguien que necesite su ayuda?¿cuántas
veces se han alejado y/o esquivado a una persona que sabían que los necesitaba?
Hubo silencio.
Me incluyo en este grupo ya que sinceramente, debo reconocer
que en más de una ocasión no ayudé a alguien que lo necesitaba; me sentí tan
triste al ver a aquella persona que me quedé estática y no hice nada. Luego me
arrepentí profundamente. Mientras reflexionaba me di cuenta de algo, no importa
cuántas veces los ignores, ni cuánta pena les tengas, ellos van a seguir aquí.
Decidí que la próxima vez que vea a alguien que pueda ayudar, lo haría sin
pensarlo dos veces.
Con esta actividad que organizamos, trabajamos en comunidad,
nos conocimos, aceptamos y superamos además de mejorar nuestra conciencia para
con las personas que podemos ayudar, nuestro prójimo.